Cuando el 31 de agosto me rompí el gemelo, pensé rápidamente, de forma fugaz diría yo, que estaría un tiempo retirado de mi querida montaña. A las pocas horas y tomando conciencia ya de la gravedad de mi lesión, pensé que habría sido desgraciado que me hubiera ocurrido esta rotura en la arista de los bosses, incluso seriamente comprometedor.
La historia que hoy contamos es todo un clásico entre las historias montañeras. Este verano tuve la suerte de acercarme a las figuras de Scott y Bonninhton, a través de la ruta que realizaron al pilar sureste del Everest, en una de las más reconocidas expediciones inglesas al gran gigante. Ambas figuran pueden considerarse leyenda viva del alpinismo.
La entrada de hoy sitúa a estos personajes en la escalada del ogro. Una montaña que recientemente ha sido ascendida por tercera vez en la historia. Cuando me rompí el gemelo tuve muchas preguntas que resolver y al leer esta historia,todas se despejaron de un plumazo. DOUG SCOTT otro nombre con mayúsculas...ésta es una de sus grandes historias...
La guerra entre hombre y montaña es milenaria. Una victoria de un hombre que hizo historia al doblegar una de las montañas más peligrosas del mundo: el “Baintha Brakk” conocida también como ‘El Ogro’, por el respeto que suscita. El británico Doug Scott la coronó por vez primera y , con ambos tobillos fracturados por accidente, la descendió durante 7 días reptando y deslizándose en lo que se considera una de las mayores hazañas del alpinismo.
“El Ogro” es una montaña muy escarpada de 7,285 metros situada en una sub-cordillera del gran Karakórum (en turco: “pedregal negro”). Su nombre hace honor a su leyenda y sus formas (su cara este es una gran pared vertical de roca) han intimidado y coqueteado con decenas de alpinistas. Muy pocos osaron desafiarla y la mayoría salieron derrotados en su sometimiento. Sólo 2 expediciones de las más de 20 organizadas a lo largo de la historia han conseguido hollar su cumbre. Doug Scott y su compañero Chris Bonington (dos de los mejores alpinistas de la historia) fueron los primeros en ‘pinchar’ la bandera británica en la cabeza del Ogro. La expedición organizada para el verano de 1977 y que alcanzó la cumbre el 17 de julio la completaban Mo Anthoine , Clive Rowland, Nick Estcourt, y Tut Braithwaite; los mejores alpinistas del momento y que prepararon un ataque conjunto y por varios flancos para intentar doblegar el pico.
El Ogro
El Ogro Cara Oeste
Imágenes reales de expedición en las que aparece Scott con los dos tobillos fracturados.
DOUG SCOTT
SCOTT Y BONNINGHTON EN LA ACTUALIDAD
Tuvieron que pasar más de 30 años hasta que otra expedición lograra coronar de nuevo “El Ogro”. El 21 de Julio de 2001 un grupo de alpinistas alemanes (Urs Stöcker, Iwan Wolf, y Thomas Huber) lograron alcanzar la cima pero por una vía mucho más sencilla que la de los ingleses.
El cúmulo de desgracias y accidentes de la expedición pionera convirtieron la empresa en una aventura inolvidable muestra de la tenacidad y empeño de un par de hombres por doblegar a la gran ‘bestia’.
El primer intento de alcanzar la cima después de levantar el campo base fue por la perpendicular al gran espolón central. Una pared de roca de más de 1500 metros de altura que intimida sólo con ver su sombra. Al intentar avanzar, el desprendimiento de una piedra impacta en la cadera de Tut Braithwaite produciendo una dislocación y la primera de las bajas de la expedición.
El segundo intento se produciría por el flanco oeste, no tan vertical pero tampoco menos peligroso por la presencia de grandes ‘seracs‘ mezclados con roca y hielo. Por ahí el grupo logro establecer un campamento a 6.400 metros de donde poder organizar el asalto final a la cumbre oeste para más tarde acometer la principal. . Observar como protegía sus rodillas para los apoyos en las fotos anteriores
.
A la cumbre oeste partieron Doug Scott, Chris Bonington, Mo Anthoine, Clive Rowland logrando hollarla, no sin dificultades, el 15 de julio. Muy animados por el éxito deciden ‘rapelar’ hasta el collado que separa la cumbre oeste de la principal y vivaquear allí en una cueva de nieve construida por ellos y asaltar la principal a la madrugada siguiente. Mo Anthoine y Clive Rowlandlos abandonarían el intento por falta de energías.
El 17 de julio tras más de 15 horas seguidas de escalada Doug Scott y Chris Bonington hacen cumbre por primera vez en el ‘Baintha Brakk’ sin percatarse que la noche acechaba sin tregua, convirtiendo el descenso hasta el collado en una peligrosa aventura. En el primer rápel Doug Scott se resbala y queda colgado de la cuerda. En el péndulo de recuperación calcula mal y da con sus huesos en las rocas; resultado: gafas rotas, dos tobillos fracturados y la sensación de haber cavado allí mismo a 7.200 metros su tumba. Panorama muy sombrío.
Tras los gritos de dolor el silencio. No podía apoyar los pies de ninguna de las maneras. Por unos instantes Doug pensó que era el final. No habría posibilidad de que su compañero cargara con un inválido hasta el campamento base. Decidió reptar, decidió luchar. Nada hacía presagiar la aventura que estaba por venir
.
A la mañana siguiente, tras dormir en una repisa, Doug y Chris iniciaron un descenso que duraría más de 7 jornadas completas. Su escasa velocidad y la falta de ritmo hizo que sus compañeros del campo dos les dieran por muertos e iniciaran erróneamente la retirada. Sólo sus compañeros Mo Anthoine y Clive Rowland que permanecían aún en el collado, pudieron unirse a la pareja en la parte final del descenso.
Los tramos se combinaban. Unas veces, las menos, Chris cargaba como podía y a sus espaldas con el maltrecho Doug. Otras, Doug se deslizaba sobre sus rodillas y ayudado de la cuerda y la pendiente rapelaba muy despacio hacia el vacío. Cuando la pendiente amagaba con suavizarse Doug reptaba con sus codos y se desplazaba, muy despacito, en posición horizontal. Los últimos cinco kilómetros los hizo también a cuatro patas (sobre sus rodillas) destrozándose las rótulas y las muñecas por el inusual rozamiento.
Pero los accidentes no habían terminado. Tras dos jornadas refugiados por una fuerte tormenta en una cueva de nieve y en las que Chris contrajo una severa pulmonía, continuaron con el descenso. Las debilidades del nuevo enfermo le hicieron más impreciso y acabó por romperse un par de costillas en una caída fortuita. Ya eran dos los impedidos.
Al séptimo día llegaron, maltrechos, al campamento base donde todos les daban por muertos, y donde todavía les quedaba por vivir el último contratiempo después de esperar un largo tiempo a las asistencias. Al subir al helicóptero de salvamento, éste se precipitó al vacío sufriendo un aparatoso accidente, afortunadamente sin víctimas pero que demostró que, por esta vez, la suerte acompaño al hombre hasta el final.
La batalla con ‘El Ogro’ se había ganado pero la guerra con la montaña sigue aún vigente.
Hace dos meses se ha logrado la 3º histórica al ogro por Kyle Demspster y Hayden Kennedy. De Hayden no había leído nada pero de Kyle he leído alguna cosilla como la cara Oeste al Xuelian,ruta merecedora del Piolet D´Or en el 2010 y me huele a mí que la que ha hecho este año será como mínimo nominada.
domingo, 30 de septiembre de 2012
sábado, 22 de septiembre de 2012
POON LIM una verdadera historia de supervivencia...
En uno de los rastreos habituales con los que someto a nuestra querida RED, intentando aportar a nuestro pequeño rincón una historia que leer, y que a la vez nos permite una cierta pedagogía autodidacta, lo que ahora tan de moda se llama " lectura comprensiva", espero que esta historia os resulte entretenida
Se trata de una historia de supervivencia...pero quizás se mueva en unos parámetros diferentes que en ocasiones se vive en la montaña. Esta historia es sobre otro medio, el mar.
He de reconocer que al leer esta historia me llevó automáticamente a un libro que leí hace mucho, pensaba que se titulaba Historias de un naúfrago de John Steinbeck pero al comprobarlo ahora en la red, veo que el título original es "Naúfrago". Ésta novela luego sería llevada al cine por el genial Alfred Hitchcock en el 44...
Como digo es una historia impactante, que en determinados momentos te lleva a pensar que no es verdad, pero...por supuesto que ocurrió y la rigurosidad de las fuentes lo atestiguan. Uno piensa que la supervivencia no será sólo cuestión de fortaleza física o mental tras comprobar el ingenio de Poon Lim. Poco que ver con la montaña, pero sí mucho que ver con la naturaleza. Os dejo con esta apasionante historia...
Poon Lim o la soledad del náufrago que sobrevivió 133 días a la deriva en una balsa
El gigante Asiático devorado por la magnitud en todas
sus estadísticas, no adolece de récords mundiales insólitos. Uno con pocas
posibilidades de ser batido pertenece con la justicia que dan las
desventuras al joven marinero Poon Lim; que en
noviembre de 1942 pasó en solitario, tras un naufragio, más de cuatro
meses a merced del mar y del destino en una balsa improvisada y tan
llena de carencias como vacía de víveres. Una increíble historia de
supervivencia que ha inspirado cientos de manuales de resistencia del
ejército norteamericano y británico.
recreación de la histórica balsa de
Poon Lim
Día 0. El
hundimiento.
Poon Lim nació en 1917 en la isla de Hainan, al sur de
China. Con 25 años y en plena Segunda Guerra Mundial decide trabajar
como marinero a destajo en los fastuosos buques mercantes británicos. En
noviembre de 1942 se enrola en la tripulación del SS
Ben Lomond, un vapor de 6.600 toneladas,
como segundo mayordomo en ruta desde Ciudad del
Cabo a la Guayana Holandesa. Debido a las condiciones meteorológicas el
barco se desvió de su itinerario llamando la atención del comandante
alemán Carl Emmermann, oficial en jefe del Submarino alemán
U(boot)-172.
A las 14,10 horas del 23 de
Noviembre de 1942, y como ‘acción preventiva’, el mercante Benl omond
capitaneado por John Maul fue torpedeado y hundido por el U-172 a unas
750 millas al este del río Amazonas, en Brasil. El poder destructor del
batiscafo alemán fue tal, que 44 marineros, 8 tripulantes y el mismísimo
capitán perecieron pasto del infierno provocado por la calculada
injerencia bélica.
Poom Lim se encontraba descansando en
uno de los camarotes de servicio en la cubierta superior, justo al lado
opuesto al masivo boquete producido por el torpedo. La caprichosa
gravedad y el destino que le hizo protagonista de esta historia fueron
los culpables de someter al marinero a las crueles leyes de la
casualidad; el tiempo justo de agarrar un salvavidas y lanzarse al mar
por el último reducto del barco por encima de la linea de flotación. La
banda sonora de la huida alternaba los chillidos y chirridos de la
estructura metálica y de sus compañeros.
Cuando las frías aguas alcanzaron las
hirvientes calderas del mercante el colapso térmico provocó una gran
explosión que terminó por hundir el buque. La única obsesión de Poon era
nadar centrífugamente para evitar la succión del barco en su deceso. En
su huida Poon vio por última vez a los únicos 5 compañeros que lograron
abordar uno de los botes salvavidas al otro lado del navío.
Los 5 marineros fueron interceptados por
el submarino y hechos prisioneros a la espera de su rescate por otro
navío de apoyo. Mientras Poon, exhausto y alejado de las turbulencias y
posibilidades de rescate permanecía aferrado a un salvavidas
semiinconsciente por el esfuerzo… al cabo de unas horas, y con la calma y
el contraluz crepuscular, Poon divisó a unos cientos de metros una de
las cochambrosas balsas de apoyo del Ben
Lomond. Un último esfuerzo que le salvó la vida y le quitó la
consciencia le llevó hasta la superficie de la que sería su casa en los
próximos 132 días.
Día 1. La
Intendencia.
Con las primeras luces y calores del
alba Poon recuperó la consciencia y despertó a la pesadilla de la
realidad. Su balsa, una destartalada embarcación de 3×3 metros a base de
listones de madera sobre bidones, contenía un pequeño kit diseñado para
la supervivencia de cuatro personas durante un par de jornadas. Bajo
una trampilla de la balsa encontró:
-Ocho
latas de pequeñas galletas británicas
-Un
barril de agua de 30 litros
-Dos
tabletas de chocolate
-Algunos
terrones de azúcar
-Unas
pocas bengalas, dos cuencos de aluminio y una linterna.
No había señales de velas ni remos, lo
que provocó la constante deriva de la nave. Poon calculó que las
provisiones eran suficientes para unos 20 días, con lo que su ánimo y
esperanza de rescate eran bastante optimistas.
Poon Lim pasaba días y noches
tratando de encontrar cualquier signo de vida. Un buque o
una aeronave que le rescatase, pero sus esfuerzos resultaron vanos e
inútiles. Una noche, un avión surcó el cielo destacándose
en el firmamento estrellado. Poon Lim disparó una de las
bengalas y un punto luminoso quebró la oscuridad del
mar, pero luego cayó y se desvaneció.
Ningún cambio de trayectoria en el avión. Una vez más,
solo en la oscuridad de la noche, Poon apoyó su cara en el tablero de
madera y se durmió.
Semana 4. Un regalo del viento
Un atardecer, después de sus
rutinarios ejercicios nadando entre tiburones alrededor de la balsa
para no perder la forma, Poon Lim se sentó a meditar en la barca
buscando un recuerdo salvador en el horizonte.
Su mirada, perdida, regresó a su pasado, su infancia, su
familia, sus cuadros, sus lienzos…
…su pensamiento se confundió con
la realidad al divisar un lienzo volar a unos veinte escasos metros del
barco. Se trataba de una tela de construcción
naval. Probablemente, debería ser del buque que se hundió.
Sin parpadear, Lim se lanzó al agua y nadó lo más rápido posible
para ‘cazar’ la arpillera.
Poon Lim utilizó la tela para
improvisar una pequeña tienda de campaña en la balsa y así
protegerse del sol que le estaba desgarrando la piel. Pero
la suerte fue aún mayor al descubrir atada en
uno de los extremos del lienzo, una larga cuerda de cáñamo que utilizó
para encadenarse a la balsa los días de tormenta y evitar su pérdida en
las innumerables caídas.
Semana 6. El
ingenio del hambre
Con el fin de las provisiones se acentuó
la perspicacia. A partir de la séptima semana Poon comenzó a
desarrollar el instinto más arcaico del hombre; aquél que le lleva a
perpetuarse por encima de cualquier costumbrismo y doctrina.
Desmontó la linterna, inservible y ya
gastada, para forjar un anzuelo con una de sus piezas metálicas. Durante
dos días estuvo conformándolo con los dientes y su zapato-martillo
hasta dar con la forma adecuada. La cuerda de cáñamo hizo de sedal y la
última galleta la reservó como cebo para la primera captura: Una pequeña
sardina que sirvió de cebo, a su vez, a mayores capturas. Con las tapas
de los botes de galletas improvisó afilados cuchillos con los que
destripar el pescado y despegar algunos de los pequeños moluscos y lapas
que se adherían a la balsa y funcionaban mejor como cebo.
Las capturas no eran constantes y
dependían de las corrientes y los bancos de peces. Una tarde la balsa se
adentró en un inmenso banco de pescado que provocó que Poon llenase
literalmente la barca de capturas que sirvieron para los días de más
carencias.
Puso a secar el pescado una vez limpio,
separando tripas, vísceras y sangre que almacenaba en las esquinas de la
balsa. Tal fue el cúmulo de capturas y vísceras que empezó a tener un
problema de olor y putrefacción impidiendo, incluso, su correcta
oxigenación. Cometió entonces uno de los pocos errores de su travesía
cuando, al deshacerse de las vísceras y sangre, provocó la llegada de
una legión de tiburones que estuvieron rondando durante varios días,
espantando cualquier atisbo de pesca y provocando la mayor crisis de
hambruna de la peripecia.
Semana 8. David vs Goliat
Los tiburones no se marchaban y Poon no
tenia modo alguno de seguir pescando. El hambre le condujo a la única
opción que le restaba: tenía que cazar un tiburón.
Para ello volvió a fabricar un nuevo
anzuelo, más grande y resistente, con uno de los clavos que unían los
listones de madera a su estructura. Con su zapato-martillo y la garrafa
moldeó la vasta aguja que anudó, de nuevo, a su cáñamo ( el cual trenzó
para aumentar su grosor y resistencia ). La última cabeza de pescado le
sirvió como cebo muerto para engañar a su ‘Goliat’.
tiburón Blanco. Foto national
geographic
Nada más depositar el cebo, el tiburón
elegido (de más de un metro) mordió y agitó la carnada, Poon sabía que
su única opción era subir de un tirón seco al escualo para rematarlo a
puñetazos en su ‘medio’. A los 10 minutos tenia las tripas del tiburón
enlatadas, las aletas a secar y como refresco había preparado la sangre
del hígado.
Semana 12. La
locura de la sed
Tras el consumo de la garrafa inicial
del agua. Poon automatizó la colecta del agua procedente de las lluvias y
tormentas utilizando el doble forro de su chaqueta con un peso y
practicando un agujero para reconducir al interior de la garrafa. Hasta
la 10 semana el ritmo de lluvias debido a la estación había sido
suficiente pero después de una gran tormenta que acabó con todas las
provisiones sólidas y líquidas y con media balsa se inició una sequía
que desencadenó la deshidratación de Poon.
Derrotado por la tormenta, observó como
los albatros y gaviotas merodeaban la zona alertados por la podredumbre
en cubierta. Poon recopiló todo tipo de algas y plantas marinas del
fondo de la balsa y las amontonó a modo de nido de pájaro para atraer a
las gaviotas mientras esperaba agazapado y tapado con los restos del
lienzo.
Cuando un albatros realizó su picada al
nido con restos de pescado, Poon se abalanzó sobre el animal y a
dentellazos le sesgó cuello y vida para chupar su sangre y zampar sus
carnes. Unos días más tarde la lluvia regresó y Poon recuperó su cuota
de agua dulce.
Semana 14. Un
Barco a 50 metros
Durante una mañana de su 15ª semana en
el Atlántico, Poon fue despertado por un fuerte silbato marino. Creyó
haber concluido su pesadilla tras divisar un inmenso carguero americano
aproximarse hasta apenas 50 metros de su balsa. Según comentó
posteriormente Poon, alguien se percató de su condición de chino justo
antes de maniobrar y perderse de nuevo en el horizonte.
Unos días antes Poon habia sufrido la
visita de un escuadrón aéreo norteamericano, que le divisó e incluso
lanzó una boya-marcador desde el aire. Una tormenta paralizó el posible
rescaté y dispersó la patrulla aérea.
Día 130. El principio del fin
Poon Lim contaba los días con
muescas en uno de los lados de la balsa, y las noches con cruces.
Posteriormente utilizó pequeños trozos de cuerda para computar el
calendario lunar. Sobre el día 130, notó que el agua era de color
más verde pálido que de costumbre.
Multitud de pájaros volaban entorno a su embarcación y gran cantidad de
algas flotaban en superficie. Todos estos son signos
alentaron su esperanza de una costa cercana.
Poon Lim a la llegada a Belém tres días después de abandonar la
balsa
Día 133. El rescate
En la mañana del día 133, el 5 de
Abril de 1943, vio una pequeña vela en el horizonte. No
tenía bengalas, por lo que saludó agitando su camiseta en un esfuerzo
por atraer la atención de la tripulación.
La embarcación cambió de dirección y se dirigió a él.
Los tres hombres del pequeño barco
pesquero, que hablaban portugués, lo llevaron a bordo.
Le dieron el agua y un gran plato de fríjoles secos y continuaron sus
labores de pesca, pues no podían regresar a tierra sin captura. Tres
jornadas más tarde pusieron rumbo al oeste de Belem, en la desembocadura del río Amazonas de
Brasil. Poon había recorrido 1200 kilómetros.
Los Honores
Poon Lim fue capaz de caminar sin
problema recién rescatado. Su pérdida de peso
durante la deriva fue de 10 kilogramos y pasó varias semanas
recuperándose en un hospital de Brasil antes de viajar a Nueva York.
Recibió numerosos honores. El
rey Jorge
VI le otorgó personalmente la Medalla del Imperio
Británico, el premio civil más alto.
La Marina Británica editó folletos impresos y los colocó en todas las
balsas salvavidas de sus naves describiendo las técnicas de
supervivencia experimentadas por Poon Lim.
Mientras, la “Ben Line Shipping Company”, compañía
armadora del barco hundido, le obsequió con un reloj de oro.
Poon Lim el día de su Condecoración
Después de la guerra decidió
emigrar a Los EE.UU pero la cuota de
ciudadanos chinos estaba completa. Sólo la mediación del senador Warren
Magnuson mediante un proyecto de ley, que fue aprobado por el Senado de
los EE.UU. y la Cámara de Representantes, sirvió para emitir un visado
de inmigración a Poon Lim y permitirle su residencia permanente en los
EE.UU. Se Instaló en Nueva York con hijos y nietos y murió,
septuagenario, en Brooklyn el 4 de Enero de 1991.
Lim entró en el Libro Guinness de los Récords como el hombre que más
tiempo ha pasado flotando en alta mar.
En los 80 la escritora Ruthanne Lum McCunn noveló
al pie de la letra las aventuras de Poon Lim en el exitoso libro “Sole Survivor”. fuente: kurioso.wordpress.com
lunes, 17 de septiembre de 2012
31,50 €uros Restaurante La Galana (III)
"Plataforma - Refugio" 14/09/2012
Quedamos en Hoyos del Espino para ir desde allí a la plataforma, aparcar el coche y subir al refugio.
Aquí conozco a Ricardo el primo de David.
Ricardo, David y yo, en la plataforma dispuestos a empezar a andar.
Aquí se puede ver la ruta en wikiloc entre la plataforma y el refugio Elola.
Así estaba la tarde (inmejorable).
Ya asomaba el Elola (10 minutos más o menos, jejejeje)
Al llegar unas cervecitas.
Luego la cena, lentejas, pollo y melocotón en almíbar, todo muy bueno como siempre.
Y luego a la camita en el dormitorio Hermanitos con un par de mantas.
Y no, no ronqué.
Quedamos en Hoyos del Espino para ir desde allí a la plataforma, aparcar el coche y subir al refugio.
Aquí conozco a Ricardo el primo de David.
Ricardo, David y yo, en la plataforma dispuestos a empezar a andar.
Aquí se puede ver la ruta en wikiloc entre la plataforma y el refugio Elola.
Así estaba la tarde (inmejorable).
Ya asomaba el Elola (10 minutos más o menos, jejejeje)
Al llegar unas cervecitas.
Luego la cena, lentejas, pollo y melocotón en almíbar, todo muy bueno como siempre.
Y luego a la camita en el dormitorio Hermanitos con un par de mantas.
Y no, no ronqué.
domingo, 16 de septiembre de 2012
EVEREST 1996 . . .
En la última entrada hemos querido rendir homenaje a un gran aventurero como Goran Kropp; la historia ha resultado bastante atrayente. así que he creído oportuno enlazar la hazaña que hizo Goran en el 96 durante su, primero travesía en bicicleta desde Suecia hasta Namche Bazar, y una vez allí subir el Everest en solo sin O2 adicional. Como hemos relatado anteriormente fue brillante la forma de conseguirlo, una verdadera hazaña tristemente, no propia de nuestros tiempos. Para ensalzar aún más si cabe la figura de Goran, he creído conveniente como digo, situarla dentro del contexto donde se produjo, añadiendo una serie de experiencias que tuvieron lugar, mientras el bueno de Goran dormía en la tienda del CB con su chica, a la espera de un mejor pronóstico de tiempo para hollar la venerada cima.
Así pues, a continuación os presento el sueño que vivió Goran, pero desgraciadamente desde otro punto de vista. Los protagonistas de la entrada de hoy son el genial alpinista Anatoly Boukreev, el escritor americano John Krakauer y su compatriota Beck Weathers. Es la historia que se teje durante el famoso desastre del everest del 96. Conozcamos algunos datos:
ESTO ES LO QUE SUCEDIÓ VERSION KRAKAUER
El estadounidense Scott Fischer (a la izquierda de la foto), fundador de la empresa de guías Mountain Madness, en la cima del Everest en 1994. Fischer murió el 10 de mayo de 1996, durante la tormenta que asoló la montaña. / Mountain Madness
Acabo de terminar Into Thin Air, del montañero, escritor y periodista Jon Krakauer, publicado en español como Mal de altura (Ediciones B, 1999; Desnivel, 2008) se trata como una crónica novelada de la tragedia que ocurrió en 1996 en la montaña más alta del mundo (8.848 metros).
Miembros de la expedición de Adventure Consultants en el campamento base. En la fila de abajo, a la derecha, la japonesa Yasuko Namba, cliente de AC; el tercero y cuarto por la derecha son, respectivamente, los neozelandeses Rob Hall, dueño de AC y jefe del grupo, y Andy Harris, uno de los guías. El primero por la izquierda es Doug Hansen, otro de los clientes. Los cuatro murieron en el descenso.
Durante la temporada de escalada de ese año, la más mortífera en la historia de la montaña, murieron 15 personas; ocho de ellas, pertenecientes a tres expediciones distintas, el 10 de mayo, cuando una fuerte tormenta azotó por la tarde el Everest. También bajó los niveles de oxígeno en el aire. Cuatro de los alpinistas muertos pertenecían a la misma expedición (arriba se puede ver una foto del grupo), organizada por la empresa neozelandesa Adventure Consultants, con la que viajaba Jon Krakauer, enviado al Himalaya para escribir un reportaje sobre la creciente explotación comercial del Everest para la revista Outside. El desastre fue muy conocido y levantó gran controversia sobre la masificación del Everest y el diletantismo de los escaladores.
Into Thin Air es, de largo, uno de los mejores (si no el mejor) libros sobre montañismo que he leído. Recrea de manera tan magistral el mundo de la escalada en altura --los efectos de la fatiga y la hipoxia, la vida en el campamento base, las heladoras noches de insomnio en las tiendas de nailon, el frío “doloroso, escalofriante y enloquecedor” en la cota de los ocho mil metros--, que la historia te atrapa desde la primera página (el fragmento de abajo pertenece al primer capítulo) y ya no te suelta hasta la última, en un crescendo que te deja sin aliento.
“Encaramado a la cima del mundo, con un pie en China y el otro en Nepal, limpié de hielo mi máscara de oxígeno, encorvé la espalda al viento y contemplé, abstraído, la enorme extensión del Tíbet. De un modo difuso, con cierto distanciamiento, comprendí que el paisaje que se extendía debajo de mí presentaba una vista espectacular. Había fantaseado mucho sobre aquel momento y la oleada de emociones que lo acompañaría. Pero ahora que por fin estaba allí, literalmente de pie en la cima del Everest, no tenía fuerzas para pensar en ello. Era el 10 de mayo de 1996, a primera hora de la tarde. Hacía 57 horas que no dormía. La única comida que había sido capaz de tragar en los tres días precedentes era un bol de sopa de ramen y un puñado de cacahuetes. Semanas tosiendo con violencia me habían dejado dos costillas separadas que convertían en un tormento el mero hecho de respirar. A 8.848 metros, en la troposfera, me llegaba tan poco oxígeno al cerebro que mi capacidad mental era como la de un niño retrasado. En aquellas circunstancias, poca cosa podía sentir, a excepción de frío y cansancio.”
Mientras Krakauer empieza el largo y peligroso descenso tras coronar la cima, con la reserva de oxígeno al límite, otros 20 escaladores de su grupo seguían empeñados en alcanzarla sin advertir las nubes que empiezan a cubrir el cielo. “Cuando me disponía a hacer rapel sobre el borde del escalón, me percaté de un alarmante espectáculo”, escribe Krakauer, quien durante la espera se quedó sin oxígeno, “Nueve metros más abajo, en la base, había una cola de más de una decena de personas. Tres escaladores habían empezado ya a subir por la cuerda que yo me disponía a utilizar para el descenso. Mientras intercambiaba triviales felicitaciones con los que iban pasando, por dentro pensaba, exasperado: ¡Daos prisa, joder, daos prisa! ¿Mi cerebro está perdiendo millones de células.” Seis horas y 3.000 metros más abajo, con la ventisca azotando ya las laderas de la montaña, Krakauer llega a su tienda helado y sufriendo alucinaciones por la falta de oxígeno. Seis de sus compañeros aún no han regresado…
“Más adelante --después de haber localizado los cuerpos, después de que los cirujanos amputaran la mano derecha gangrenada de mi compañero Beck Weathers, la gente se preguntaba por qué, si el tiempo había empezado a empeorar, los alpinistas no habían hecho el menor caso ¿Por qué unos guías avezados siguieron ascendiendo, empujando a una manada de deportistas relativamente inexpertos (cada uno de los cuales había pagado hasta 65.000 dólares para que lo llevaran sano y salvo hasta el Everest) hacia una trampa mortal?”
Into thin air critica la banalización del montañismo: abundan las expediciones comerciales que arrastran literalmente hasta la cima, aupados por los sherpas, a personas que no saben escalar. Participar en una expedición al Everest cuesta entre 24.000 y 54.000 euros por persona. Durante la primavera de 2007 llegaron a la cima 630 personas, tantas como en los cuarenta años que transcurrieron desde la primera conquista de la cumbre, la de Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay, el 29 de mayo de 1953, hasta 1993. En mayo de 2008, más de 130 alpinistas llegaron a coronar el Everest en un solo día. El aluvión de gente es tal, que provoca tapones en los pasos difíciles como el Escalón Hillary, una escarpa muy pronunciada de la vía del Collado Sur, e impide subir y bajar a la velocidad necesaria: una de las causas de la tragedia de 1996. La otra: los guías saben que no deben sobrepasar jamás la hora de bajada, porque permanecer más tiempo puede significar la muerte; sin embargo, la presión de los clientes y la rivalidad entre los guías de las expediciones de Adventure Consultants y Mountain Madness pudo con la profesionalidad y la prudencia.
Como después en Into the Wild (Hacia rutas salvajes; Ediciones Zeta, 2008), también sobre un hecho real (el viaje sin retorno de Chris McCandless, un joven de 24 años cuyo cadáver apareció en un remoto lugar de Alaska en 1992), Krakauer hace un magistral ejercicio de periodismo de investigación, entrevistando a todos los que estaban allí ese día, tratando de desenmarañar las causas de la tragedia, hurgando en su propia responsabilidad en lo ocurrido.
ANATOLY BOUKREEV se defendió en su libro "THE CLIMB" de las acusaciones vertidas por John Krakauer; esto aparece en su wiki:
"Bukréyev era el escalador guía responsable de la expedición "Mountain Madness" dirigida por Scott Fischer. La expedición tenía 8 clientes, cada uno de los cuales había pagado alrededor de 50.000 dólares USD por un intento guiado de ascensión a la cima del Everest. Cinco de ellos eran experimentados escaladores, de ellos cuatro con experiencia en alta montaña.
La ascensión fue demasiado lenta y los clientes llegaron a la cima pasadas las dos de la tarde (un hora demasiado tardía), Fischer no lo hizo hasta las 15:45. Bukréyev, que escalaba sin oxígeno, volvió rápidamente al campamento IV para reponer fuerzas y coger suministros. Durante el descenso del resto del grupo se desató una fuerte tormenta que enterró en nieve las cuerdas fijas y la huella abierta en la subida. La escasa visibilidad hizo el resto y los escaladores no pudieron encontrar el camino de vuelta hasta que Bukréyev encontró a tres de ellos y los guio hasta el campamento IV. No tuvo fuerzas para salir nuevamente. Scott Fischer, extenuado por la subida, no consiguió volver al campo base. Al día siguiente, Bukréyev realizó tres salidas en busca de los que no habían regresado, encontró a Fisher congelado a 8350 metros, en el collado Sur, sobre las 19 horas.
El periodista norteamericano Jon Krakauer recogió su versión de los hechos acaecidos aquel día en un artículo llamado "Into thin air", publicado en Outside online[3] y después lo ampliaría en un libro homónimo, titulado en España "Mal de altura". En él destacaba el gran cúmulo de errores cometidos y acusaba indirectamente a Bukréyev de las cinco muertes acaecidas en su expedición por haber abandonado a sus clientes, debido, según él, a haber escalado sin oxigeno, lo que mermaba su capacidad de ayudarles. Le acusaba, incluso, de no llevar la ropa adecuada para afrontar la cima. Aunque recogía que finalmente rescató a tres de ellos.
El libro levantó gran polémica en el mundo de la escalada.[4] Para defenderse, Bukréyev puso en manos del escritor Gary Weston DeWalt sus diarios de expedición, notas personales y cartas. Éste se encargó de recopilar toda la información posible, inlcuyendo entrevistas a los supervivientes -Bukréyev y Krakauer incluidos- y reunirla en un libro denominado "La escalada. Trágicas ambiciones sobre el Everest"(1997). Algunos de los hechos narrados en este libro difieren de lo expuesto en el libro de Jon Krakauer y otros escritos por otros tres supervivientes de aquel día. La acusación de Krakauer de no llevar ropa adecuada se desmontó simplemente aportando una foto de Bukréyev en la cima con uno de los clientes experimentados, Martin Adams.[5] En el libro se narra que otro escalador se encontró a Krakauer totalmente exhausto y lo vio a punto de despeñarse en un tramo sin cuerda fija entre el "Escalón de Hillary" y la Cima Sur. Krakauer había omitido este incidente. Además, Krakauer había cometido una serie de errores claros, como confundir a Martin Adams con Andy Harris e informar al campo base que Harris se encontraba refugiado en uno de los campamentos de altura cuando no era así. Krakauer admitió todo ello y tuvo que rectificar su libro.
Y POR ÚLTIMO LO QUE LE SUCEDIÓ A BECK WEATHERS y algunos cascharrillos más....
Más de 40 cadáveres siembran los últimos 800 metros de la cara norte del Everest. Azotados por una ventisca perpetua que los mantiene siempre visibles al sempiterno escalador. Beck Weathers, un adiestrado alpinista norteamericano, compartió postura y convivió con todos ellos mientras esperaba en coma su muerte durante la primavera de 1996. Con sólo la cara y una mano al descubierto permaneció hundido e inconsciente bajo la nieve más de 30 horas antes de que su cerebro inexplicablemente decidiera salvarle
Espectacular atardecer en el Monte Everest (8.850 msnm) desde Kala Pattar
Beck Weathers perteneció a la infausta expedición protagonista del “Desastre del 96“. El año más mortífero de la historia en el Everest, con 15 fallecidos; 9 de ellos tras una repentina y extraña ventisca a escasos metros de la cumbre.
dijo:
“Al principio creí que se trataba de un sueño, cuando volví en mí, pensé que estaba en la cama. No sentía frío ni nada. Me puse de lado, abrí los ojos y vi la mano derecha delante de mi cara. Entonces reparé en lo congelada que estaba y eso me ayudó a reaccionar. Al final, desperté lo suficiente como para darme cuenta de que estaba hecho una mierda y de que la caballería no vendría a salvarme, de modo que tenía que espabilarme por mí mismo” Beck Weathers
La historia de su segundo nacimiento está llena de hechos tan increíbles como inexplicables. Un equipo de especialistas de la National Geographic comandados por el Doctor Ken Kamler acompañaron a la aciaga expedición de Beck para investigar sobre el movimiento de las placas tectónicas y dar fe científica de todo lo acontecido. El mismo equipo que dio por muerto -hasta tres veces- al pobre Beck.
Beck Weathers, de 49 años, tenía 10 años de experiencia en alta montaña cuando se embarcó en el difícil ascenso del Everest. No sin antes pasar varios meses de durísimo entrenamiento coronando seis de las siete cumbres más altas del planeta. Estaba preparado. Un año antes, incluso, se había operado los ojos para corregir su miopía y encarar con mejor visión el desafío, en lo que sería la decisión desencadenante de su desgracia.
10 de Mayo. Cuando todos los escaladores llegaron al borde sudoeste, pasado el campamento IV y a escasos 450 metros de la cumbre; una descomunal tormenta no prevista les sorprende en la última cuerda montañosa. Y digo cuerda montañosa porque en esa arista, un puente de 300 metros que conduce a la cima, nadie va atado; no hay cuerdas entre los alpinistas porque hacia cualquier lado la pendiente es tan vertical que si te atas a alguien, le arrastras contigo en caso de caída. A la izquierda 2.500 metros antes de aterrizar en Nepal; a la derecha 3.600 metros antes de dar con tus huesos en el Tibet.
Primeros auxilios de Beck a la llegada al campo III
En esa tesitura, a una temperatura de -50 grados centígrados, con vientos de 90 kilómetros por hora y en el apogeo del derroche láctico; los alpinistas empezaron a colapsar con el último martillazo de la naturaleza; entregándose al destino e hincando las rodillas a escasos metros de su objetivo. En ese momento había 20 escaladores y un parte de tiempo equivocado en los últimos 600 metros de ascensión. El drama acababa de comenzar.
Rob Hall daba el parte por radio al campamento III de la cabecera de la expedición a escasos metros de la cima. Su compañero Doug Hansen estaba exhausto y no podía ni continuar ni bajar. Se quedaría con él a esperar los refuerzos. También informó que Beck Weathers, nuestro protagonista, había colapsado durante la tormenta y yacía muerto en la nieve una decena de metros más abajo. Desde el campamento conminaron a Rob a que abandonase a Doug para poder salvar su vida. Rob contestó:
“Imposible. Ambos estamos escuchando…”
Rob firmo con serena lealtad su sentencia de muerte no sin antes pedir al campo III que le pusieran en contacto -via satélite- con su mujer, embarazada de siete meses, en Nueva Zelanda; de la que se despidió en la más absoluta soledad después de decidir el nombre de su futuro hijo.
Desde el campo III salió un equipo de rescate hacia la arista. Todd Burleson y Peter Athans, ayudantes del médico de la expedicion, arriesgaron sus vidas en la imposible tormenta para salvar otras, quizás las menos. Al llegar al caos conminaron a los más fuertes a bajar hasta el Campo III, a 7.310 metros y estabilizaron a los colapsados en espera de imposibles. No encontraron a Beck Weathers.
Los compañeros le buscaron durante todo el día para certificar la muerte antes anunciada, pero la ventisca hacía imposible ver mas allá de un par de metros. Además el propio Beck, como contaría más tarde, se había desviado unos metros de la cuerda a causa de la ceguera que le estaba provocando la congelación de sus globos oculares. Las cicatrices de su antigua operación habían reventado por el frío y su visión antes de desvanecerse era prácticamente nula. Beck decidió antes de ‘doblar la rodilla’ resguardarse del fuerte viento en un recoveco de nieve para esperar la bajada de sus compañeros. Se barruntaba el fin.
Aspecto que presentaba el rostro de Beck unas horas y unas semanas después
El día 11 de mayo. 24 horas después de su desmayo. El equipo encontró el cuerpo de Beck Weathers, al lado del cadáver de la japonesa Yasuko Namba y cubierto completamente de hielo excepto media cara y la mano derecha que se erguía como un palo, congelada con los dedos abiertos y por encima de la nieve, como saludando. Comprobaron con dificultad que aún respiraba débilmente desde el coma y decidieron, ante la imposibilidad de efectuar un traslado imposible, certificar su segunda ‘muerte’. Al fin y al cabo nadie había despertado nunca en la montaña de un coma hipotérmico.
Lo que ocurrió a partir de ese momento es un completo misterio para la ciencia. El Doctor Ken Kamler construyó y explicó su particular teoría para luego pasearla en infinidad de conferencias y TED talks de turno. Beck permaneció 30 horas en un estado catatónico. El oía a sus compañeros pasar y decir “está muerto” pero no podía ni moverse ni parpadear cuando marchaban. El cerebro del alpinista había revertido una hipotermia irreversible. ¿Cómo lo hizo? Según las especulaciones del doctor Ken el lóbulo temporal, en lo más profundo del cerebro y encargado de guardar los recuerdos; fue el último en abordar la hipotermia. Becks consiguió despertar porque los fuertes recuerdos de su familia mantuvieron la glucosa y la energía en la parte del cerebro donde también radica la voluntad: Las circunvoluciones del cuerpo calloso.
Simulación de un ‘Tac’ del cerebro de Becks en las cuatro fases de su agonía: 1.- Escaner en estado normal. Flujo distribuido. 2.- Lóbulos frontales con mayor flujo. Se pone atención en los músculos. Apenas hay actividad en el centro o de ‘recuerdos’. 3.- Flujo desaparece. Casi no hay actividad. 4.- La parte central o de recuerdos se ilumina de nuevo, al pensar en su familia.
36 horas después del inicio de la gran ventisca Beck apareció tambaleándose como una momia en la tienda médica del campo III:
Hola Ken… ¿Dónde me puedo sentar? [...] ¿Aceptas mi seguro de salud?
El primer chequeo fue desolador. Tras su aparente lucidez se escondía un cuerpo congelado y rígido. La mano derecha era una piedra y en la cara asomaba ya la necrosis negra del tejido muerto. Los primeros tratamientos iban encaminados a paliar el dolor que despierta el calor del cobijo. Beck fue reservado en una de las carpas mientras atendían al resto de pacientes no desahuciados.
Durante esa noche, la ventisca destrozó la tienda donde estaba en solitario el alpinista y parte del nylon cayó sobre su cabeza, asfixiándole mientras le dejaba a la intemperie. Inmóvil pasó la noche entre gritos estériles y estertores de frío infinito. Cuando el equipo despertó y vieron el panorama pensaron en el desenlace fatal pero Becks… había vuelto a conseguirlo por tercera vez.
Detalle del rescate con helicóptero y del Doctor Ken practicando una de las curas
Con una camilla de sogas sus compañeros consiguieron evacuarlo al campo base, a 6.500 metros. Un helicóptero lo trasladaría, desde allí a un hospital en lo que se considera el rescate a mayor altura que ha hecho nunca una aeronave de esas características. Beck Weathers pasó hasta 10 veces por el quirófano durante su larguísima convalecencia. Le amputaron el brazo derecho a la altura del codo y los dedos de la mano izquierda y de los pies. También le reconstruyeron la nariz con trozos de piel de las piernas. Nunca más volvió a la montaña.
POR ÚLTIMO RECORDAR QUE EL BUENO DE GORAN KROPP PERMANECÍA EN EL CB A LA ESPERA DE MEJOR TIEMPO...
FUENTES: kurioso, wiki, desnivel y ordesa net. gracias!!!
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